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4 de septiembre de 2014

El Paso que el gobierno no quiere dar: Fin a la selección para la Elite

La evidencia sobre los nefastos efectos en la educación que tiene la selección de estudiantes a nivel escolar es amplia: la selección potencia inequívocamente mayores niveles de homogeneidad socioeconómica y académica en sus aulas (Carrasco et al, 2014); segmenta el sistema escolar (Contreras et al, 2010) y restringe las posibilidades de interacción e integración entre distintas realidades, lo que impide un pleno desarrollo tanto en el ámbito cognitivo, como en el de valores democráticos de generosidad, respeto e igualdad (Rao, 2013). Por si esto fuera poco, el nivel de segregación socioeconómica en el sistema escolar, además de ser alto, ha aumentado en el tiempo (Bellei, De los Ríos y Valenzuela, 2010; Bellei, 2013). En pocas palabras, y superando esa noción básica de calidad atribuida meramente al puntaje SIMCE, la selección es un atentado directo a la calidad de la educación en tanto dificulta la formación integral de los miembros de la sociedad.

Si el objetivo de la reforma educacional era transformar la educación desde un bien de consumo a un derecho social, las actuales condiciones del proyecto de Ley sobre el “fin a la selección” distan todavía de lograrlo. Esto no sólo porque a los Liceos emblemáticos se les permita mantener instrumentos de selección –que incluso también podrían utilizar los “emblemáticos” particulares subvencionados según trascendió hace algunos días- sino porque las condiciones de acceso a la educación que debiesen ser aplicables a todos por igual, siguiendo la definición de derecho social de Fernando Atria, no se aplicarán al segmento de colegios que casi por definición utiliza los más restrictivos instrumentos de selección: los colegios particulares pagados.

Y es que pese a que los colegios particulares pagados representan solamente alrededor del 7% de la matrícula, su importancia  es fundamental pues en ella se educa la elite político-económica que  en buena medida decide los destinos del país (basta recordar el acuerdo tributario en la “cocina” de Fontaine). De esta manera, la actual propuesta que pone fin a la selección termina validando uno de los mecanismos que utilizan los sectores acomodados de la sociedad para continuar reproduciendo su riqueza y poder al seguir permitiendo que ellos eduquen a sus hijos e hijas en instituciones concebidas para perpetuar su privilegiada realidad.

Lo anterior no es un argumento sobreideologizado de la izquierda. Los datos empíricos avalan la tesis anteriormente expuesta. James Robinson, profesor de Harvard y coautor del célebre libro “¿Por qué fracasan las naciones?”, en una presentación que realizó en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile el año pasado, presentó un panorama desolador: el 86% del gabinete del entonces presidente Sebastián Piñera había estudiado en colegios particulares y más de la mitad de ellos provenía de los colegios Tabancura, Sagrados Corazones de Manquehue, Verbo Divino o San Ignacio. En el ámbito empresarial, para ese mismo año, la tendencia era prácticamente la misma. Pero todo podía ser peor aún. Si nos íbamos más de 50 años atrás, al gobierno de Jorge Alessandri, el 81% de sus ministros había estudiado en colegios particulares pagados, de los cuales la mitad había estudiado en tres de los mismos colegios nombrados anteriormente (el colegio Tabancura no existía). ¿Coincidencia? Más bien parece una regularidad. Todo lo sentenció Robinson con una frase bien dura: “los colegios de elite son instituciones informales que controlan el acceso y el ejercicio del poder político”.

Sin duda hay mucha más evidencia. Un artículo de agosto del año pasado señalaba que la mayor parte de los miembros del Comando Presidencial de Michelle Bachelet también tenía a sus hijos en colegios particulares pagados, que por cierto, eran bastante caros. Pero más allá de enumerar una larga lista de casos, esperamos haber dejado claro la importancia que tiene considerar a la educación particular pagada en la reforma educacional, sobre todo en relación al ejercicio del poder que ejercen las élites de nuestro país.


Finalmente, es importante acotar que en ningún caso se propone terminar con la existencia de proyectos educativos de las más diversas índoles. Simplemente planteamos que la no inclusión de los colegios particulares pagados no es una mera casualidad, sino se debe a la importancia que ellos tienen para la reproducción de la elite político-económica del país. Si se busca que la educación sea un Derecho Social, se debe generar un sistema educacional realmente inclusivo, en donde se respeten e interactúen todas las realidades que coexisten en nuestro país; y lamentablemente este debate aún no se ha dado con seriedad.


Simón Ballesteros, Felipe Gajardo y Rosa Riquelme
Miembros de Estudios Nueva Economía

8 de agosto de 2014

En relación al reportaje de Canal 13 sobre la gratuidad en la educación Argentina, basta de ideología pura y barata


No deja de ser cierto que la actual coyuntura política chilena está con un nivel elevado de efervescencia, precisamente por tocar temas que afectan a los dueños de este país. Por esto, no es casual que se emitan reportajes de 6 minutos sobre la educación en el país vecino ante un tema tan complejo, y lleno de compromiso político como lo es la gratuidad en la educación.
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Ante esto, y como estudiante chileno en Buenos Aires, me gustaría expresar algunas palabras con respecto al contenido tendencioso y poco explicativo de tal trabajo “periodístico”. Y es fácil, pues se entiende que la palabra gratuidad pueda asustar en un país cuyo modelo económico se basa en mantener a la gente endeudada, y cuyo resultado es la angustia de millones de chilenos.
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Lejos de instalar un debate serio, el camino fácil queda expuesto por meras estadísticas de cuya metodología no sabemos nada, además de invitar a “expertos”, “analistas” o “técnicos” de los cuáles, nuevamente, tampoco sabemos nada. En nuestra sociedad chilena, la transmisión de ideología se sustenta en usar lenguajes bonitos y construir discursos predeterminados que suenen bien hasta en los lugares más recónditos. Somos el país que “crece”, el país “serio”, el de “instituciones fuertes”, el de “buenas inversiones” y todo lo demás. Ahora bien, ¿nos estamos dando de cuenta qué tipo de ideología está implícita en esto? Básicamente, la neoliberal. Es la que tiene como idea el disciplinarnos, el ser sujetos acríticos, dóciles y profundamente engañados. Frases como “es lo mejor que pudimos hacer” son temerosas, por recordar tal desilusionante vuelta a la democracia (cualquier parecido con el intento de reforma tributaria, no es pura coincidencia).
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.Vamos a la nota: El reportaje estuvo centrado en un análisis comparativo de nuestro país con el trasandino. Las comparaciones, desde ya, así presentadas, no explican nada. El constante uso de porcentajes y palabras como ineficiencia, sólo contribuyen a la confusión y la asimilación de un discurso mediante su repetición. Si bien puede ser cierto que el tiempo que demoran los estudiantes en titularse puede extenderse más que en Chile, no debemos asustarnos si primero no miramos las dificultades que tiene Argentina, como país en vías de desarrollo (con toda la limitación que tiene ser un país “desarrollado”).
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¿Sabemos los chilenos que la crisis del 2001 en ese país conocido como el corralito, dejó a más del 50% de la población en la línea de la pobreza? Pienso que esa es la diferencia entre usar estadísticas al aire y apropiárselas para ayudar a entender los resultados actuales. Lo primero se transforma en ideología a conveniencia, en cambio lo segundo, apuesta a una crítica integral, teniendo como ejes a la historia de dicho país y a su desarrollo político. Decía el reportaje que el 30% de alumnos ricos se titulaba frente a un 12% de alumnos pobres. Otra vez, ¿la nota responde a los problemas estructurales de la economía argentina como para por lo menos entender que no es condición necesaria ser pobre para titularse en una universidad pública? Enseguida, el sistema también permite que la gran mayoría de los estudiantes trabajen y estudien a la vez. Esto ya habla de que el funcionamiento es distinto. Decía una de las “expertas”, que no era oportuno el tiempo en que se recibían los estudiantes. Bien, ¿oportuno para quién? ¿Acaso en nuestras universidades no existen estudiantes disconformes con sus contenidos, con los cambios de carrera, con la reprobación de ramos, con problemas de salud (asociados muchas veces al estrés y la sobrecarga que impone la universidad en Chile), con tener que desertar la universidad por problemas familiares, etc? Peor aún, ¿es que tal “experta” cree que no es costoso para el alumno tener que extender los años de carrera por dichos problemas, como si fuera un juego de entretención trabajar y estudiar a la vez (por dar un ejemplo)?
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Por último, aparece otro de estos “masters” señalando que la gratuidad, dado el presupuesto que exige, conduce a inflaciones devastadores. Pero aquí nuevamente nos metemos en un tema en que ni los propios economistas están de acuerdo respecto a sus causas. Para no quedar mal con nadie, las teorías terminan siendo una mezcolanza de ideas, pero para no desviarnos, entonces… ¿no existen países con educación gratuita y baja inflación?
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Antes de finalizar, el motivo económico es uno de tantos que pueden existir que hace que la sociedad argentina reciba a tantos estudiantes extranjeros. No olvidemos, que también se juegan ahí los niveles de formación académica. Si bien el capitalismo usa a la universidad como formadora de fuerza de trabajo para su propia reproducción, muchos quienes pasamos al otro lado de la Cordillera para estudiar, buscamos recibir una educación más integral que utilice a todas las ciencias de hoy en día que contribuyan a completarnos (y no parcializarnos) como seres humanos. A modo de ejemplo, en la carrera de medicina de la Universidad de Buenos Aires, los estudiantes tienen una materia cuyo nombre es “Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado”. ¿Cuántos estudiantes de medicina en Chile podrían decir que tienen conocimiento de conceptos básicos acerca de cómo funciona la sociedad y cómo se organiza?
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El tema de la educación gratuita es muy complejo incluso para quienes luchamos por obtenerla. Nos invoca a estudiar los casos de forma seria, sin olvidar que la discusión es política en sí mismo, y que por tanto nos exige saber reconocer quienes son los defensores de lo actual y quiénes no. Estamos ante un gobierno poco claro, cuyas reformas pueden volver a sepultar los anhelos que nos tuvieron a los estudiantes chilenos los últimos años en la prensa internacional como luchadores de una nueva educación y una nueva sociedad. El llamado es a estar atentos a las maniobras ideológicas de los defensores del actual sistema de segregación, quiénes en gran medida se han servido históricamente de los favores de los medios de comunicación –como el canal de los Luksic- y de las periodistas que se prestan para ello.


Tomás Calderón
Estudiante de 4to año, Lic. en Economía, FCE – UBA.
Colaborador de Estudios Nueva Eeconomía

15 de junio de 2014

Nueva constitución ¿Nueva economía?: Cuatro modelos del rol del Estado en la Economía

Por primera vez en la historia contemporánea de nuestro país se ha abierto el debate sobre una nueva constitución. Si bien no existe acuerdo aún respecto al método sobre el cual se refrendará y se integrarán los elementos fundamentales en ella, esto no quita de lado la necesidad de discutir sobre el contenido de nuestra futura carta magna. Así, se abre una oportunidad para discutir sobre el rol que cumplirá el Estado en la economía.
De esta forma, se abre la opción entre mantener el statu quo o reforma estructural sobre qué hace o no hace el Estado en materia económica. Cada posición posee dentro de sí misma dos visiones: una visión <<positiva>> y una visión <<normativa>>. La primera señalará que el statu quo o el cambio se explican porque la economía está regida por leyes objetivas: estas leyes señalan que un rol subsidiario del Estado y una economía libre traerán prosperidad al sistema político o, por el contrario, un rol interventor del Estado en la economía sumado a una economía menos libre generarán un efecto similar. Por su parte, los normativos plantearán que el statu quo o el cambio son producto de la necesidad de preservar o modificar la relación que existe entre igualdad y desigualdad en una economía. Rol redistributivo del Estado por un lado, y justicia distributiva por el otro aparecen como consecuencia de dos visiones normativas, una a favor del statu quo y la otra a favor de una reforma estructural.
Del debate inicial entre statu quo y reforma estructural surgen cuatro posibles alternativas sobre qué rol deberá cumplir el Estado en la economía, y cómo definiremos a la economía en sí misma. El rol que puede cumplir el Estado puede ser de un Estado redistributivo por focalización de recursos (subsidiario) o de justicia distributiva (equitativo o de justicia social), y la economía se puede definir en base a los grados de libertad (capacidad que poseen los agentes económicos y la sociedad civil de hacerse cargo de la producción) que esta posea: amplia o restringida.
El primer modelo, de Estado redistributivo y economía libre, representa el statu quo actual. El Estado no interviene sino en situaciones de crisis o donde ha existido una violación a la ley, y la economía está altamente liberada para que los agentes económicos se hagan cargo de la producción. El segundo modelo, con un Estado de visión de justicia distributiva y economía libre pero con amplia participación también de la sociedad civil en la producción es la reforma estructural que los movimientos sociales proponen para nuestro país. El tercer modelo, con un Estado de justicia distributiva pero con una economía restringida es el modelo desarrollado por los nuevos socialismos a nivel mundial. Finalmente, está el modelo con un Estado redistributivo y una economía restringida, característico de los Estados fallidos. La discusión se centra así sobre cuál modelo optar y sus efectos sobre el sistema político chileno. Analizaremos dos de estos modelos y sus implicancias en la problemática actual.

17 de abril de 2014

La Falsa Preocupación por la Desigualdad

     El presente año ha sido testigo de una mayor preocupación por el tema de la desigualdad en la distribución de los ingresos (de aquí en adelante solo diremos desigualdad) por parte de quienes optan a ser la autoridad máxima de nuestro país. Tanto la derecha como la izquierda han hecho notar su preocupación. Por un lado el Presidente de la República haciendo ver que el fenómeno ha disminuido durante su mandato, por el otro, los candidatos de la Nueva Mayoría usando slogans como “más igualdad” o “contra la desigualdad”. Sin embargo, no puede desconocerse que ambos conglomerados políticos han estado presentes en las tomas de decisiones de nuestro país durante estas últimas dos décadas. Y en este tiempo la desigualdad no disminuyó significativamente, más bien prácticamente no disminuyó.
     No disminuyó, pues se ha mantenido sobre el dígito 0.5 en el coeficiente de GINI, que es un indicador que mide la desigualdad, con 0 un país equitativo y 1 un país completamente desigual. En concreto, se ha mantenido dentro de un rango de 0.60 y 0.52 durante las últimas dos décadas, lo cual es sumamente alto para un país que ha mantenido crecimientos del PIB promedio anual de 7.1% entre 1990-1998, 3.7% entre 1999-2008 y 4% entre 2009-2012, que es parte de la familia OCDE y que aspira ser un país desarrollado. La desigualdad es tan alta que incluso invalida de raíz el argumento de que Chile va por un buen camino pues está cercano a un PIB per cápita de US$20.000. ¿De qué nos sirve poseer ese nivel de ingreso per cápita, cuando éste se reparte de manera tan desigual en la población?
     Teniendo en consideración la evolución de la desigualdad en nuestro país, algo pareciese no estar calzando entre los dichos de los políticos y la realidad.  ¿Por qué los gobiernos de la Concertación y la Alianza nunca han tenido como meta de gobierno reducir la desigualdad de manera explícita? Algo así como reducirla en un punto porcentual cada año del mandato, o bajar los 0.5 del Gini. No lo han tenido, como lo señala el economista Andrés Solimano en su reciente libro, porque los objetivos de los gobiernos han sido otros: alcanzar un crecimiento económico sostenido y reducir la pobreza.
    Bajo esa tesis, de que nunca la desigualdad ha sido una preocupación urgente para los gobiernos, se entiende entonces la negativa u omisión para construir un sistema impositivo realmente progresivo, que permita reducir los niveles de inequidad una vez pagados los impuestos. De hecho, existe evidencia de que el sistema impositivo actual no afecta significativamente la distribución de ingresos . También se entiende el porqué no han querido instaurar o potenciar un sistema educativo público de calidad y gratuito, de manera de incrementar el capital humano de los futuros trabajadores (en especial de los más vulnerables, quienes acuden mayoritariamente a la educación pública), y así reducir la brecha de ingresos entre sectores de la sociedad. Hay también evidencia que señala que la educación es la variable más importante al momento de explicar la desigualdad de los ingresos laborales y sus cambios a través del tiempo (Contreras, 1999). Por lo tanto, parece lógico que no se haya potenciado la educación pública cuando no se ha tenido en los objetivos explícitos reducir la desigualdad.
     De la evolución de la desigualdad y los logros económicos de las últimas dos décadas se puede también refutar una de las ideas más arraigadas de nuestros políticos: la desigualdad disminuiría con el crecimiento económico, por lo que no se necesita focalizar el problema. La famosa teoría del chorreo que confiaba en que sólo con crecimiento económico se lograría reducir la desigualdad no ha tenido éxito, y es importante que se aclare: se necesitan políticas tanto universales como focalizadas para lograr este fin.
     Los datos muestran que la desigualdad no se ha reducido significativamente en nuestro país, pero no todos confían en estos resultados. El centro de estudios Libertad y Desarrollo (LyD) plantea que la medición de la desigualdad no captura la realidad pues las familias de menores ingresos reciben servicios de salud, educación y vivienda gratuitos, además de subsidios. Por lo tanto Chile se encontraría en una mejor situación de lo que estima la medición. Sin duda a LyD les basta que se entregue el servicio pero no les interesa ver la calidad de éste. Dada la enorme segregación existente en distintas dimensiones como la educación, salud, vivienda y empleo, la desigualdad no debiese disminuir, sino que profundizarse. Por ejemplo, el fenómeno de la pobreza, si se mide de manera multidimensional, aumenta categóricamente, pues muchos pobres que se encuentran sobre la línea de la pobreza (dimensión ingreso) se encuentran bajo el umbral en las otras dimensiones. No es difícil de imaginar entonces que la desigualdad también aumente si se considera un análisis más holístico.
     Con los argumentos anteriores al menos surge la duda de si a las autoridades que han gobernado el país desde la democracia, les preocupa realmente la enorme desigualdad del país. Lo importante es que si les vamos a creer para las presidenciales del 2014, monitoreemos y exijamos que lo que sea comprometido en esta materia, efectivamente se haga.

Felipe Gajardo
Estudios Nueva Economía

Columna publicada en El Quinto Poder 

La falsedad del “pleno empleo” de la Universidad de Chile

     El pasado jueves 26 de enero, el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile dio a conocer los resultados de la encuesta de desempleo para el Gran Santiago para el mes de diciembre del 2011[1]. Este estudio se realiza desde hace 54 años, y permite hacer una comparación histórica de los niveles de desempleo en la Capital del país. Los principales resultados revelan una tasa de desempleo de 6,2% para Santiago en diciembre de 2011; es decir, una mejora de 1,1% con respecto a septiembre del año pasado, y de 1,7% con respecto a diciembre del 2010. La más probable causa argumentada por los expertos economistas, es un buen ritmo de crecimiento económico, sobre todo en sectores como la construcción y la industria manufacturera.
     Más allá del análisis de la precariedad de los puestos de trabajos creados[2], en esta columna nos referiremos a la llamativa presencia de un concepto económico mencionado durante la rueda de prensa, que no encontramos en el informe citado, y que fue utilizado para un flamante titular de La Tercera al día siguiente. Nos referimos al llamado “pleno empleo” y la afirmación de que, por lo menos en el Gran Santiago, nos encontraríamos en esta situación.
     El “pleno empleo” ha sido definido históricamente, desde los primarios estudios de Keynes sobre la desocupación, como la situación en que todos(as) los(as) que deseen obtener un empleo, lo pueden hacer. Es deducible, pues, que en este escenario no existe la cesantía. Sin embargo, un nivel mínimo de desempleo es aceptable aún para el calificativo de pleno empleo, pues existe un tiempo de “búsqueda” para los que son separados de un empleo y buscan otro, o los que recién ingresan al mercado laboral y están buscando un trabajo. Esto es conocido como el “desempleo friccional”, y tradicionalmente no supera el 2-3%.
    Pues bien, la pregunta que surge a partir de lo presentado es la siguiente: ¿Cómo estos expertos economistas pueden considerar una tasa de 6,2% (184.400 personas) como una situación de pleno empleo? ¿Es que acaso no conocen la definición? Dado que es poco probable que estos economistas no conozcan la definición del pleno empleo, lo que queda por deducir es que, lo que sucede en realidad, es que estos economistas han distorsionado deliberadamente la teoría, haciendo caso omiso de historia universal de la ciencia económica. Un nivel de 6,2% está lejos de representar una situación de pleno empleo, pues claramente este nivel de desocupación no corresponde sólo al llamado desempleo friccional. En las cifras actuales, efectivamente hay personas que buscan trabajo y que no pueden encontrarlo. Y más aun, pues no consideramos aquellos(as) que no han buscado trabajo activamente pues, literalmente se “aburrieron” de buscar y no encontrar, o simplemente saben que no podrán obtener uno (¿se considerará la delincuencia un empleo?).
     A lo que estos expertos económicos en realidad hacen referencia, es a la llamada NAIRU[3], o “tasa de desempleo que no acelera la inflación” (también llamada tasa natural de desempleo[4]). El nacimiento de esta construcción teórica debe buscarse en la escuela neoclásica (Friedman y compañía) y en la llamada síntesis neoclásica (también llamados neokeynesianos), como una tergiversación de los estudios realizados por A. W. Phillips (1958), economista que quiso demostrar una relación entre variación de los salarios nominales y la tasa de desempleo (no de la inflación y el desempleo). La idea detrás de la NAIRU, es que si un gobierno mantiene la convicción de una política orientada al mantener un verdadero pleno empleo, disminuyendo el desempleo por debajo de lo que determine la NAIRU (que en este caso sería de 6,2%), un aumento en la demanda que provocaría el mayor poder adquisitivo de la población (por haber más empleo), provocaría una inflación creciente (una mayor demanda implica aumento en los precios según las leyes de oferta y demanda), que distorsionaría los “precios de equilibrio” y mantendría a ciertos sectores productivos dependientes de una inflación cada vez mayor. Este argumento lo podemos encontrar en Hayek (1975)[5], pero ha sido un debate constante desde los tiempos de Keynes. El economista Michal Kalecki en su escrito The Political Aspects of Full Employment (1943) contra-argumenta este planteamiento, incorporando elementos políticos al análisis económico.
     No es la intención en esta oportunidad argumentar la falsedad de la llamada tasa natural de desempleo, como una abstracción teórica que justifica la imposibilidad e inconveniencia del pleno empleo, como lo argumenta Eisner (1995)[6]. Lo que queremos mostrar, es que en realidad el enfoque de los economistas de la Universidad de Chile está orientado a una NAIRU de 6,2%, y no a un pleno empleo de este nivel. Esta tasa natural de desempleo se justifica en los resultados de Restrepo (2007)[7], y en la verificación empírica de que, desde la restructuración económica neoliberal de la Dictadura (o régimen), las tasas de desempleo desestacionalizadas (es decir, sin considerar el ciclo económico anual) no han bajado de un mínimo de 5,7% mensual, registrado en mayo y junio del ’98 según el INE. Esto hace suponer a los economistas, la imposibilidad de una tasa inferior, atribuyéndole en consecuencia una equivocada definición de pleno empleo a este nivel.
   Cuando hemos visto en los últimos diez años, tasas de desempleo que varían entre el 2% y 4% en países escandinavos y europeos como Austria, Suiza o Dinamarca, es válido cuestionarse la posibilidad de que nuestra economía pueda alcanzar verdaderamente niveles de pleno empleo, más allá de lo que pueda decir una eventual NAIRU. Características de estos países son la propiedad social de los recursos naturales, elevadas tasas impositivas, elevados niveles de gasto público, amplio seguro de cesantía, y un fuerte Estado de Bienestar. Realidad lejana a la nuestra, más que por condiciones económicas, por imposiciones políticas. Claramente, estas conquistas en países europeos no han sido gratuitas, la sociedad en general, los movimientos sindicales, y la socialdemócrata han jugado papeles históricos importantes.
   Finalmente, parece curioso que hayan sido estos expertos económicos neokeynesianos -simpatizantes de los Gobiernos Concertacionistas- los que pretenden atribuirle a un modelo económico neoliberal características de los Estados de Bienestar, (y de las antiguas economías socialistas), siendo la Ministra del Trabajo ultraderechista, Evelyn Matthei, la encargada de salir al paso para restarle “optimismo” a este diagnóstico. Es grave cuando se distorsiona la teoría, la ciencia, y la historia económica, y es más grave aun cuando esta manipulación consciente la hacen los expertos económicos, para muchos considerados progresistas.

Felipe Correa
Estudios Nueva Economía

[2] Respecto a este tema ver la columna de Durán y Kremerman, de Fundación Sol, en http://www.fundacionsol.cl/%E2%80%9Cpleno-empleo%E2%80%9D-en-chile-o-como-meter-20-personas-dentro-de-un-fiat-600
[3] En inglés, Non-Accelerating Inflation Rate of Unemployment.
[4] Nótese la naturalización de un nivel de desempleo, como si el querer trabajar y no poder hacerlo fuera algo natural.
[5] Panflecto publicado bajo el título de “Full employment at Any Price?”
[6] “Our NAIRU Limit: The Governing Myth of Economic Policy”
[7] “Estimaciones de NAIRU para Chile”

*Publicado en Portal Epicentro